Roma
La trama en sí (lo que los semiólogos llaman "estructura
superficial") no es nada del otro mundo. Se podría haber llamado como
aquel otro clásico mexicano "Una familia de tantas".
Lo que es
admirable es el minucioso trabajo de reconstrucción de época que logra
Cuarón. Me tocó vivir ese México. Cuando el halconazo yo tenía 13 años. Pero mis circunstancias personales y familiares eran muy distintas: un solo hermano y padres permanentemente presentes. La nuestra era una vida marcada por la regularidad de lo previsible. La única vez que fui al mar con mis padres tenía dos años. En cambio hicimos muchos viajes a otras ciudades dentro y fuera del país.
Hay muchos detalles de la película (modas, canciones, camiones, coches)
que disparan la evocación, aunque para mí, que vivía por otros rumbos,
la Roma me parecía tan lejana y distante como el centro histórico. Sureño, los espacios que me tocó vivir en aquel entonces estaban poco transitados: calles empedradas, casonas coloniales (y otras tipo colonial) y parques. Era otra ciudad. La inseguridad no era tanta y se podía caminar prácticamente a todas horas sin mayores sobresaltos.
Creo que en Roma está tan bien lograda la ambientación en el tiempo que por
momentos parece más un documental que una película de ficción. El
recurso al blanco y negro amplifica el efecto memorioso. Los diálogos, las referencias visuales, los hechos históricos, la sensación todavía provinciana de la que ya era una gran ciudad, forman parte intrínseca de la narrativa y generan la ilusión, para quienes vivimos esos años pero también para quienes desconocen esa época, de estar ahí dentro.
Lo otro que narra la película, los avatares de una familia de clase
media y, sobre todo, la centralidad cotidiana de una trabajadora
doméstica que es mucho más que una empleada pero que jamás podrá ser
parte de la familia, resulta más conmovedor. Gloria , mi esposa, con quien la vi,
coincide. Me señala, con razón, que a principios de la década de 1970 el
divorcio no era tan común en nuestra sociedad. Lo común eran las casas
chicas, la "otra" familia, la duplicidad enmascarada por la hipocresía.
Por momentos me recordó
dos textos de Fuentes: Las Buenas Conciencias y Las Dos Elenas. Sin
misterios, sin suspensos, la narrativa atrapa y se sostiene. Toda reconstrucción histórica es una representación, una recreación, que nos revela tanto de lo que se ve como de quien lo ve. Siendo en buena medida autobiográfica, lo que la película nos ofrece es un punto de vista discreto de quien vivió esos años sin convertir la historia en una suerte de redención personal.
Vale la pena. Una ventana
al pasado que se hace presente y que lo deja todo suspendido en una
inquietante atemporalidad.
viernes, 21 de diciembre de 2018
viernes, 30 de noviembre de 2018
El Cambio Político y la Política del Cambio (algo sobre el discurso político de AMLO)
Si todavía queda algún lector, le o les envío muchos saludos. Abandoné este espacio por razones de trabajo. Lo retomo ahora.
Soy de los que voté en contra de la continuidad de un sistema que estos últimos seis años no hizo sino agudizar las contradicciones que venimos arrastrando desde finales de la década de 1980. Para decirlo sucintamente: somos la décimo quinta economía del mundo, pero en materia de desigualdad e inequidad, de distribución social de la riqueza, de servicios de educación y salud, de cuidado del medio ambiente y de derechos humanos estamos por los suelos.
Es probable que una de las razones por las que ganó Andrés Manuel López Obrador sea que prometió revertir estas contradicciones. Pero quizás más importante es cómo lo hizo. Hay una parte del discurso político que no se ha analizado con detenimiento. Esto que presento es un esbozo:
El cambio político y la política del cambio
Felipe López Veneroni
A menos que ocurra un estropicio, el 1 de diciembre asumirá
la Presidencia de la República Andrés Manuel López Obrador. Para muchos de sus
seguidores culmina un largo peregrinar de más de 12 años, en el que por fin se
le hizo justicia a quien, desde su punto de vista, ganó el proceso electoral de
2006 pero fue víctima de fraude y que, desde el 2000, había sido víctima de
acoso político y de toda suerte de violencia simbólica. La llegada del Peje a
Palacio Nacional equivale a la reivindicación histórica del único político
profesional que se atrevió a cuestionar el modelo de desarrollo neoliberal y
denunciar sus inequidades, la corrupción que trajo consigo y la caída de la
República en beneficio de los intereses privados de un grupo de empresarios.
Para quienes se oponen a López Obrador es el paso definitivo
hacia el abismo: retrocederemos 4 ó 5 décadas hacia las viejas prácticas del
control unipersonal del poder, el autoritarismo, las decisiones discrecionales,
el populismo y, como consecuencia inevitable, la crisis económica. De hecho no
ha faltado quien, en este largo y especialmente tenso proceso de espera, ya
advierte los primeros barruntos de aquel ciclo económico en el que, con cada
cambio de gobierno, la incertidumbre que acompañaba un nuevo estilo personal de
gobernar traía consigo la devaluación del peso, la fuga de capitales y el pasmo
de los inversionistas—nacionales y extranjeros—quienes permanecían en los
márgenes del mercado, sin atreverse a participar.
Haciendo eco de Heráclito y su concepto del panta rei (el eterno fluir de las cosas,
su cambio permanente), México ha dado un giro respecto de un pasado inmediato
para asomarse, con trepidación o con entusiasmo, a un futuro incierto. Como en
todo proceso de cambio las cosas aparecen nebulosas, contradictorias e
impredecibles.
Para quienes auguran el regreso a un pasado todavía peor del
que acabamos de dejar, sólo queda una cosa: adaptarse a la tormenta, resistir
lo mejor posible y esperar a que la propia inercia destructiva de lo que está
por venir eventualmente reestablezca un clima más benigno. Para quienes auguran
el despertar de una nueva etapa socialmente más justa y el regreso de un Estado
genuinamente representativo de los intereses de la población, sólo hay una
opción: sumarse al proceso de cambio y colaborar con todas las iniciativas que
apuntalen la transformación del país, independientemente de si éstas se ajustan
o no al marco de una legalidad que perciben como rígida y constrictiva.
Hay lugar, desde luego, para un tercer grupo: el de los
escépticos, es decir, de aquellos que en vez de adoptar una postura enteramente
catastrofista o triunfalista, tratan de tomar cierta distancia y suspenden los
juicios definitivos en relación a cómo se desenvolverán los acontecimientos.
Dentro de este grupo prevalece la percepción que todo proceso de cambio implica
ajustes sobre los que nadie tiene un control absoluto; que los actores que
protagonizan la transformación rara vez constituyen un bloque homogéneo y que
no todos entienden de la misma manera lo que significa modificar la estructura
del poder.
Sin embargo, se reconoce que era imperativo cambiar esa
estructura; que las cosas no podían permanecer igual y que eran insostenibles
las contradicciones de un sistema que favorecía a un pequeño sector de la
población mientras que el resto, es decir, la gran mayoría, permanecía al
margen de los beneficios económicos, culturales e incluso políticos. Si algo
valida el cambio político es, precisamente, la necesidad de ampliar el margen
de representación política de quienes se han sentido marginados tanto de la
toma de decisiones (ni se les ve ni se les escucha), como de los efectos de las
políticas acordadas en círculos de poder cada vez más abstractos, más lejanos y
más impenetrables.
Así, por ejemplo, aquel Pacto por México, que se llevó a
cabo a puertas cerradas y sin claridad sobre lo que acordó y quiénes
participaron en el acuerdo, se tradujo en una serie de reformas estructurales
cuyas consecuencias—imprevistas o indeseadas—tuvieron un efecto negativo en el
bienestar colectivo, aun cuando desde un punto de vista técnico ayudaran a
“sanear” la economía. La pregunta que muchos se hicieron es ¿de qué nos sirve
una economía sana que es incapaz de beneficiar al grueso de la población?
No queda claro que el nuevo gobierno vaya a modificar
radicalmente las políticas económicas (de hecho ya se han hecho afirmaciones
que contradicen varias de las promesas de campaña de López Obrador, como
revertir los aumentos al precio de las gasolinas), ni tampoco se garantiza que
aquellas políticas que sí serán distintas realmente beneficien a la mayoría. Se
trata, sin duda, de un delicado juego de equilibrios en el que habrá que
conservar muchas cosas para transformar otras y en el que habrá que
contemporizar las expectativas radicales de cambio con las resistencias a éste.
En donde sí se advierte un cambio es en modo de hacer
política, es decir, en esa práctica de acercamiento a la gente en la que López
Obrador, a querer o no, ha mostrado una diligencia notable. Sus opositores
señalan que este acercamiento popular, que incluye el recurso de las consultas,
es un recurso populista y demagógico que se sustenta en la ilegalidad. Y tal
vez tengan razón. Pero lo que no advierten es que por primera vez en décadas ese
amplio sector de la población que se ha sentido ignorado, olvidado y maginado,
encuentra en un actor político una conexión de sentido que se había roto desde
la década de 1980. Si alguna virtud tiene López Obrador es precisamente la de
haber devuelto a una amplia población su carácter de interlocutor activo, es decir, de ser el sujeto pensado y el sujeto
real de la acción política.
Demagógica o no, populista o no, la política del cambio que
promueve López Obrador se basa en algo que ha olvidado o simplemente pasado por
alto la clase política institucional: convertir al “pueblo”, ese sujeto
abstracto en el que caben todos, en alguien a quien se habla. Para muchos es
ahí donde radican los ecos chavistas, castristas o incluso peronistas de López
Obrador. Tal vez.
Pero también resuena algo de ese pensamiento filosófico de
Martin Buber, sin el cual no se puede hacer realmente política: “Vivir
significa ser alguien a quien se dirige la palabra”[1]. Y cuando menos como ilusión, esa ha sido
quizás el cambio central en el modo de hacer política de López Obrador. Más que
dirigirse a los mercados, más que dirigirse a los empresarios o a otras fuerzas
políticas, el Peje ha sabido hacer del electorado el interlocutor de su
discurso político, el sujeto al que se le habla y, acaso por extensión, el
sujeto por el que él habla.
No sé si esto sea suficiente para pensar en un verdadero
cambio, en ese sentido estructural y técnico al que se suelen referir los especialistas
en economía, derecho y administración pública. Pero sí es un cambio en un
sentido político. Muy probablemente el nuevo gobierno incurra en muchas
equivocaciones y yerros. Pero ha sabido devolver a ese “otro” de la política,
es decir, al gobernado, un lugar que se le había negado por décadas. Y si las
cosas no cambian abruptamente de aquí a fin de semana, este 1 de diciembre
veremos, por primera vez en muchos años, una verdadera verbena popular. Se
trata, al menos inicialmente, del júbilo de quienes nuevamente sienten que
tienen un lugar.
oooOooo
martes, 10 de julio de 2012
Crisis Constitucional, crisis de identidad
Parecería
que hemos llegado a un punto en el proceso electoral en el que se han diluido
al mínimo las posibilidades de racionalizar críticamente sus resultados y su
significado. No cabe duda que hay un conflicto. Lo que no queda tan claro—cuando
menos para muchos—es la naturaleza del conflicto, sus alcances, sus
implicaciones y, sobre todo, si hay voluntad de resolverlo de un modo en que se
aclaren las dudas y cuestionamientos, sin que, a su vez, se deje
de respetar el voto ciudadano.
Para muchos de quienes están convencidos
de que hubo fraude no habrá poder humano que los haga cambiar de opinión, aún si
quien lo sostiene no es capaz de producir las pruebas jurídicamente válidas
para demostrarlo, o bien, aun si el fallo del Tribunal Electoral del Poder
Judicial de la Federación desecha la acusación. De hecho, dentro de quienes
están convencidos del fraude hay quienes ya han descalificado al TEPJF y al IFE
y, al hacerlo, descalifican a los cientos de miles de ciudadanos que
participaron en el proceso electoral, a los observadores nacionales e
internacionales, a los representantes de los partidos que estuvieron en las
casillas y siguieron todo el procedimiento y a los 32 millones de electores que
no optaron por las izquierdas.
Quienes no creen que haya habido fraude
difícilmente saldrán a las calles a exigir que se reconozca el voto. Sea por
abulia, por apatía o simplemente porque no les interesa tanto todo el proceso
como para interrumpir sus actividades cotidianas, la famosa “mayoría silenciosa”
lamentablemente suele asumir que, una vez cumplida con su obligación ciudadana—la
de depositar el voto—no es de su incumbencia los cuestionamientos o críticas
que otros hagan y que es problema de las instituciones resolver el asunto. En cierto
sentido se asumen espectadores de un espectáculo que, estemos de acuerdo o no,
les resulta tan distante como un debate legislativo o la polémica sobre los
transgénicos.
Quienes permanecen escépticos, es decir, que
no necesariamente creen que hubo un fraude, pero que tampoco creen que el
proceso electoral haya sido ejemplar y libre de constricciones meta legales, el
problema es delimitar hasta dónde se debe prestar credibilidad a unos y a otros,
hasta dónde involucrarse y, quizás lo más difícil, cómo contribuir para centrar
una discusión que unos insisten en mantener dentro de los cauces formales que marca
la legislación y que otros insisten en sacar a las calles.
No creo que haya respuestas sencillas.
Esto, más que un conflicto electoral (o además de) se expresa ya como un conflicto
social, en el que una serie de reclamos de distinto origen encuentran
convergencia en esa suerte de solidaridad colectiva de las marchas. Varios de
estos reclamos tienen su origen en la profunda desigualdad económica y social
que se ha agudizado en las últimas décadas y que, por primera vez en años, toca
a la puerta de los sectores medios; otros, me parecen, tienen su origen en el
hartazgo de una estructura mediática que, poco a poco, se ha ido apoderando del
espacio público y monopolizando la esfera pública, es decir, ese campos de
deliberación y argumentación que debería expresar pluralidad y diversidad.
Los mismos rostros y las mismas voces se
repitan una y otra vez, con el mismo discurso y el mismo tono, tanto en la
prensa escrita, como en la radio y la televisión. Por todos lados vemos los
mismos nombres diciendo lo mismo una y otra vez. La falta de una verdadera
competencia mediática en el país, ha permitido que se constituya una suerte de elite
profesional de opinión mediática, marcada en mucho por la arrogancia, la
autocomplacencia y la auto-referencialidad. Si bien la libertad de expresión es
un principio fundamental de una democracia, ¿quién le ha dado a esa elite la
autoridad moral, intelectual o profesional para asumirse como “los que sí saben”?
En este sentido, el fenómeno de las redes
digitales ha permitido construir una suerte de contra-discurso donde, si no
todas, cuando menos muchas voces nuevas
irrumpen en un microcosmos del espacio público, revelando puntos de vista,
perspectivas e ideas contrarias a las que expresa esa elite profesional de la
opinión mediática. Como en otros países, las redes digitales han sido
instrumentales para articular una movilización social de gran escala que por
primera vez condensa, en una relación tiempo/espacio muy concentrada, lo que los
otros piensan.
Como
en el movimiento estudiantil de 1968 (y no estoy trazando ninguna analogía,
porque se trata de problemas y contextos muy distintos), quienes han asumido la
expresión más clara del descontento social son los estudiantes universitarios,
es decir, ese sector relativamente privilegiado e ilustrado de los sectores
medios de la sociedad. Lo que no me queda tan claro, sin embargo, es que las
redes digitales (o socio técnicas) sean capaces de dar profundidad analítica al
descontento y de generar una verdadera cohesión semántica de quienes protestan,
más allá de la denuncia un tanto inmediata o la preferencia o antipatía contra
partidos y candidatos. Por un lado, se expresa una diversidad espontánea que manifiesta que el origen del descontento es múltiple; por el otro, esa misma espontaneidad hace que se pierda la claridad y efectividad del mensaje, que se confunda a los enunciantes y que se yuxtapongan los fines de la protesta.
En cierto
sentido, la implicación que está en juego en este proceso electoral y por parte
de quienes se han manifestado en contra de su legalidad y equidad es que han
sido inútiles todos los avances que creíamos haber logrado desde 1978 y que
pasan, entre otras cosas, por una verdadera división de poderes, el acotamiento
a la discrecionalidad del ejercicio presidencial, la autonomía de órganos
constitucionales para organizar y supervisar los procesos electorales, la
configuración de un órgano jurisdiccional para calificar las elecciones y
varias reformas políticas que han cercado la intervención de los medios
concesionados para hacer negocio del proceso electoral e inclinar la balanza en
favor o en contra de alguno de ellos.
De ser esto
cierto, resulta muy preocupante: décadas de lucha, movilizaciones, protestas,
reconfiguración de fuerzas políticas ¿para qué? No quiero con esto sugerir que no
les asiste la razón a quienes se manifiestan en contra del proceso y sus
resultados. Pero tampoco me queda del todo claro que sus argumentos sean
contundentes e irrebatibles. La pregunta es si estamos dispuestos a dar el
beneficio de la duda a un sistema electoral que se ha articulado con la
participación de la sociedad o si de plano descartamos que estas instituciones
o instancias tengan validez y legitimidad para resolver el conflicto.
Lo que se
exigiría en todo caso es un mínimo de congruencia para todos. Si realmente se
considera o se demuestra (en el sentido legal del término “prueba”) que este
proceso electoral estuvo viciado de origen, entonces estamos frente a una
crisis constitucional. Si ninguna de las instituciones que participó en el
proceso—desde el IFE hasta los observadores nacionales e internacionales y el
TEPJF—están legitimadas para atender y resolver el problema, entonces debemos
reconocer dos cosas: (a) hay que reinventar in
toto nuestro sistema electoral y (b) quedaría anulado todo el proceso electoral, incluyendo los triunfos de las
izquierdas y habrá que reponerlo de nueva cuenta en todo el país.
Realmente es
mucho lo que está en juego. No es sólo el resultado de la elección
presidencial, sino toda la estructura en que se sustenta un sistema electoral
aparentemente ineficiente para concitar el reconocimiento mayoritario de la
sociedad. Están en juego los avances sociales que han permitido y obligado los
cambios que hacen hoy a ese sistema muy distinto al de 1988. Está en juego la
credibilidad de amplios grupos sociales que acudieron a las urnas y que
ayudaron a llevar a cabo todo el proceso. Si está en juego nuestra historia,
está en juego nuestro futuro. La paradoja es ¿quiénes si no nosotros podemos
rearticular un sistema que, sustentado ya en la participación de los propios
ciudadanos, parece que, otra vez, ha fallado?
martes, 3 de julio de 2012
En busca de la impertinencia perdida
Tomando en cuenta, como lo sugiere Paul Ricoeur, que vivimos en un permanente conflicto de interpretaciones (que, por cierto, es lo que nos hace medianamente humanos y de ahí la centralidad ontológica, más que mecánica, de la comunicación) y que con frecuencia unas cosas se leen por otras, o bien no hubo concordancia entre lo que se quiso decir, lo que se acabó diciendo y lo que se entendió, creo que viene bien un ejercicio de clarificación que, por otra parte, siempre suele ser de auto-clarificación.
Al margen de la posición política que uno tenga (o crea tener, porque esa es otra: luego resulta que decir “mu” es para otros decir “ye” y empieza la de dios es cristo), los fenómenos sociales dejan una estela relativamente observable. Si nos salimos un poco de nuestra propia posición para tratar de cuando menos calibrar lo ocurrido, sostengo los siguientes puntos que no veo cómo puedan considerarse una apología de ningún partido o candidato.
1. Ni la manipulación mediática ni las marchas callejeras mostraron ser un arma lo suficientemente efectiva para logar la contundencia electoral deseada ni para impedirla. Si vemos cómo quedó repartida la votación queda claro que hubo un 60% del padrón electoral que no votó en favor del PRI, pero también que hay otro 60% que no lo hizo por las izquierdas. Eso no es tomar postura a favor de nadie: son tendencias medibles que no se pueden obviar.
2. Hubo quienes votaron en contra del PAN y del PRI, pero, nos guste o no reconocerlo, hubo quienes votaron en contra del PRI y el PRD y, más aún, quienes lo hicieron en contra del PAN y del PRD. Eso para mí no significa preferir a nadie, sino simplemente que la nuestra es una sociedad cada vez más heterogénea, plural y, sí, en cierto sentido, dividida. Pero ¡qué horror pensar en una sociedad enteramente homogénea o estrictamente binaria (o estás aquí o estás allá)!
3. En ese sentido no se vale sostener que todos los electores que no votaron por tal o cual preferencia están manipulados. Me parece una posición terriblemente arrogante y condescendiente, como si entre los casi 30 millones de votantes que no optaron por AMLO no hubiera uno sólo (o varios miles o millones) que hubiesen podido racionalizar su voto en uno u otro sentido. Si no somos capaces de hacer autocrítica y entender que hay otros puntos de vista (un problema lamentablemente recurrente en ciertas formas de izquierda), nos va costar mucho trabajo avanzar.
4. Se ha dicho que con el triunfo del PRI se retrocedió el reloj 70 años. Además de la imposibilidad física del asunto (salvo que Hawking tenga razón y el Universo ya haya empezado a contraerse), habría que preguntarse: ¿Qué hace 70 años teníamos elecciones arbitradas por una instancia no controlada por el gobierno (lo que hubiera dado Vasconcelos por un IFE y un TEPJF)? ¿Qué hace 70 años teníamos un Congreso independiente del Ejecutivo o cuando menos donde éste no fuera mayoría absoluta? ¿Qué hace 70 años existían las figuras constitucionales de los medios de impugnación o el marco jurídico y las instancias extrajudiciales—como la CNDH—para ventilar inconformidades?
Si esto se entiende como un apoyo al PRI, lamento decirles que están muy equivocados. Lo que me preocupa del argumento de la “restauración del autoritarismo” no es sólo la falta de un conocimiento más crítico de nuestra historia política, sino que parecería que en este país nada ha cambiado en los últimos 40 años y basta con que llegue un muñequito para anular todos los logros que, desde la sociedad civil organizada, hemos alcanzado.
Alegar que la llegada del PRI equivale al fin de la historia, es simplemente desconocernos a nosotros mismos y anular de tajo el potencial crítico y auto-gestivo de la sociedad civil. ¿Realmente un muñeco y su partido pueden detener el avance político de la sociedad? ¡Coño!
5. Que cambie o no el país no depende de que Peña y Televisa lo impidan o de que Andrés Manuel y las izquierdas (what ever that means) así lo decidan, sino de la acción política de la sociedad a través del Congreso y de otras instancias legales (como ya ha ocurrido). Pensar en términos ad hominem (Peña es un maldito; AMLO es un bendito; Josefa es una cuchi cuchi) es, con todo respeto, no haber entendido nada de lo que ha pasado en México a lo largo de las últimas décadas.
Cierto, la lucha por impulsar una agenda progresista puede ser más difícil, pero si se lograron cambios políticos en los momentos del autoritarismo más álgido ¿a poco ahora no vamos a poder impulsar ninguna agenda progresista? …Además ¿quién dijo que los procesos de emancipación son sencillos?
6. Y resalto la paradoja (o parajoda, como quieran) que si en algún lugar hemos retrocedido el reloj 70 años es precisamente en la ciudad de México, donde el famoso Carro Completo era la antigua práctica y la marca más distintiva del viejo PRI. ¿Quiero esto decir que estoy en contra del triunfo del PRD en la capital o en Morelos o en Tabasco? Para nada. Simplemente quiere decir que cualquier régimen político—sea del signo que sea—que carezca de contrapesos en el legislativo y el judicial tiende a ser endofágico, autocomplaciente y, ni modo, arbitrario.
Para mí, una de las características fundamentales de una democracia no sólo radica en su sentido positivo (las libertades que se conquistan o reconocen), sino también en su sentido “negativo”, es decir, en la existencia de medios de control de los actos de autoridad. En la ciudad de México, esos medios son muy endebles y tenues (bastaría ver el caso de la Supervía, por ejemplo, contra la que existen recomendaciones de la CDHDF que han sido completamente ignoradas), a causa precisamente del Carro Completo.
Pero ni hablar, así lo decidió la mayoría de los electores del DF y hay que respetarlo. Eso, sin embargo, no quiere decir que no se pueda cuestionar, discutir o analizar desde una perspectiva crítica. Sí creo que en esta ciudad las prácticas electorales del PRD deben ser analizadas desde una perspectiva autocrítica, porque ni modo de cuestionarlas en otro lado pero no aquí.
7. Por último, creo fervientemente en aquella frase de Lennon en Revolution: “You tell me it's the institution/Well, you know/You better free you mind instead/ But if you go carrying pictures of chairman Mao/You ain't going to make it with anyone anyhow” o, para retroceder el reloj (y aprovechando que cumplen 50 años de andar rolando), esta otra version de los Rolling Stones con especial cariño para el #YoSoy132:
http://www.youtube.com/watch?v=fN6XRwnYzL4&feature=related
lunes, 2 de julio de 2012
El Día Después de Mañana
Estos siete puntos pretenden ser apenas un breve apunte de lo mucho que nos arroja el proceso electoral y sus resultados. Tal vez sea muy prematuro querer analizar algo que tardará meses en asentarse, pero todo esfuerzo provisional puede ayudar a definir perspectivas y a exorcisar fantasmas y enconos que, creo, no vienen al caso:
1.
Ni el PRI con todo el apoyo de Televisa, ni las
izquierdas, con todas sus marchas (y, dicho sea de paso, con su lamentable campaña
del miedo) lograron concitar una mayoría contundente. Quizás esto hable de un
México dividido entre ciertos atavismos históricos y otro que todavía no se atreve
a transitar del todo hacia la social democracia (porque si algo NO tienen ni López
Obrador, ni el PRD, ni mucho menos Marcelo Ebrard es un programa, una ideología
y un discurso mínimamente emparentados con el socialismo)
2.
Lo que sí quedó claro como tendencia nacional—más
del 70% de los votantes—es el rechazo al PAN. Salvo en Guanajuato (de ahí que
haya tanta momia), una mayoría significativa de mexicanos manifestó su hartazgo
por un discurso y una política belicosos que no han convencido a nadie y por
esa moralina de derecha, propia de un boticario o de un cura de pueblo.
3.
Si bien la industria de radio y televisión
ejerce una fuerte influencia sobre el imaginario colectivo, cada vez es mayor
el número de personas (jóvenes sobre todo) que son capaces de entender y ver el
mundo y el país de otra manera; cuando menos, desde su propia mirada (correcta
o incorrecta) y no sólo a través del filtro de López Dóriga, de Ciro Gómez
Leyva, de Carlos Marín o de Adela Micha.
4.
Las nuevas tecnologías digitales, aunque en
México todavía no son de uso mayoritario, han convertido a la computadora y al
teléfono celular en medios coloquiales (más que sociales) de interacción. En
muchos sentidos, esta forma de interacción digitalizada permitió darle la
vuelta a la gran maquinaria mediática y sus epígonos. No es un cambio menor,
pero, OJO; tampoco es ninguna panacea.
5.
Quizás lo más importante de este proceso es que
cada vez resulta más evidente la toma de conciencia y la maduración de una
cultura política—deliberativa y argumentativa, aunque todavía en ciernes—si no
en la gran mayoría de los mexicanos, sí en porciones y grupos cada vez más
significativos. Quienes han tenido el privilegio de asistir a una preparatoria
y a la Universidad tienen una verdadera responsabilidad en el sentido de tratar
de extender lo más posible los beneficios de una inteligencia crítica sobre
todo entre quienes todavía dependen de lo que diga el cura o la pantalla.
6.
Al no haber mayorías contundentes—ni relativas
ni absolutas—el campo de relaciones políticas exige como nunca la política del
consenso, del acuerdo, de la verdadera comunicación política entre actores
partidistas, sociedad civil y medios de información. Cada vez se hace más
necesaria la lógica del mutuo entendimiento, es decir, de la clarificación de
aquellos temas y términos que reconoceríamos como comunes y sobre los cuales
tendríamos que trabajar en conjunto los tres poderes, los órganos
constitucionales autónomos y la sociedad civil organizada: desde los problemas
ambientales y de agua, hasta el reconocimiento de la pobreza (algo que el PAN
jamás entendió), pasando por la educación y la redistribución del ingreso.
7.
Dada la actual conformación del Congreso, una de
las primeras tareas fundamentales de los grupos progresistas—comenzando por la
parte más rescatable del #YoSoy132—será de la impulsar en el Legislativo una
agenda temática que incluya esos y otros rubros; pero sin duda, de lo primero
que hay que atacar es la reconfiguración de la industria mexicana de radio y
televisión para desconcentrarla, abrirla a una legítima competencia y al
fortalecimiento de los medios de interés público. Esto me parece más factible y
viable para poner en práctica la democracia y obligar al Ejecutivo a sentarse a
dialogar, que andar marchando por las calles.
martes, 19 de junio de 2012
¿Ahí viene el lobo?
El síndrome del Golem posmoderno
En política no hay nadie totalmente bueno ni completamente
malo. La oposición binaria bueno/malo no aplica, creo, cuando hablamos del
Poder. Desde luego el Poder tampoco es un absoluto, pero su esencia semántica,
nos lo recuerda Maquiavelo, no radica en la bondad o en la maldad. Podría, en
algunos casos, sustentarse en la oposición Poder/subordinación y en otros, los
menos, en la oposición Poder/representación. El contrario dialéctico del Poder
(pero no su opuesto binario) es la ética. Y creo que sólo desde ahí, como un
territorio ajeno a la política pero con la que tiene ciertos cruces, podríamos
cuestionar la legitimidad o racionalidad de ciertas formas de Poder.
Si pensamos en
Adolfo Hitler, para muchos el epítome de la maldad, no puede soslayarse que, al
igual que otros autócratas, gozó del apoyo implícito o explícito de vastos
sectores de la sociedad a la que gobernó. En muchos sentidos Hitler (o Franco,
o Mussolini, o Pinochet) no fue sino la proyección que dio forma personalizada
a cierto inconsciente colectivo en el que anidaba la aceptación no enunciada de
las tesis que se convirtieron en el eje del poder. La brutalidad del régimen de
Hitler, pues, no es ajena a la complacencia discreta de una sociedad que, en el
fondo coincidía con sus postulados desde mucho tiempo antes (como lo presenta
Eco en el Cementerio de Praga).
Por otra parte,
si pensamos en Churchill o aun en Gandhi, descubrimos que detrás del velo de
admiración y en algunos casos de santidad con los que se les suele recubrir, tomaron
decisiones desde el Poder (Coventry, en el caso del primero, y en el otro su rechazo
a negociar con la Liga Musulmana en 1946) que sólo se pueden entender (aunque
difícilmente justificar) desde una ética “despersonalizada” (i.e. cuando se dice: “Fue terrible que
muriera tanta gente, pero era históricamente necesario que así ocurriera”).
II
Es lógico que en la lucha por el Poder los políticos profesionales
y aun los políticos por vocación (véase la distinción en Weber) busquen llevar
sus argumentos a un terreno de reducción lógica extrema, es decir, a una
simplificación exacerbada cuyo resultado último tiende a la descalificación
absoluta del otro, del contrario. Negar al otro, descalificarlo, es
deslegitimar su visibilidad política, su derecho a contender por el Poder y
consecuentemente negarle credibilidad alguna a su discurso, a sus propuestas.
En el México
moderno lo vimos en la feroz campaña que se articuló desde la iniciativa
privada y del Partido Acción Nacional contra Andrés Manuel López Obrador, en
2006. Pero también lo estamos viendo ahora, sólo que del otro lado. Hay una simetría
semántica entre la descalificación a López Obrador que se ejerció desde los
medios en 2006 y la que hoy se ejerce contra Peña Nieto (y en menor medida
contra Quadri) desde diversos movimientos que, a quererlo o no, han ido
escalando el tono de histeria irreflexiva. Se habla de restauración del viejo
régimen represor, de la vuelta al pasado (como si el PRI actual fuera semejante
al PRI del nacionalismo revolucionario), del horror y del espanto como si Peña
Nieto y sus simpatizantes—que los hay—fueran a llegar a Los Pinos a bayoneta
calada.
Precisamente la
obligación de quienes no nos dedicamos profesionalmente ni por vocación al
ejercicio del Poder—nuevamente, trato de hablar desde la ética y no de la
oposición binaria entre “buenos” y “malos”—es tratar de rescatar las
posibilidades de la razón, devolver al lenguaje su función dialógica y
clarificadora de los términos del discurso político más allá del maniqueísmo
fácil. Incluyo entre estos a los estudiantes, los académicos, los escritores y
los profesionales. Es tarea fundamental sobre todo de las Universidades el contribuir
a un clima de racionalidad argumentativa, de deliberación crítica capaz de
orientar lo más razonablemente posible el voto y no de atizar el clima de
neurosis política que, como ocurrió en el 2006 y parece que hoy se repite, sólo
contribuyen a una profunda división y encono públicos.
Ni Andrés Manuel
López Obrador es un santo, ni Enrique Peña Nieto es un demonio o un pelele. Los
dos son políticos profesionales. Los dos militan en Partidos cuya historia—antigua
o reciente—deja mucho que desear en materia de honestidad y transparencia.
Ambos han tomado (o dejado de tomar) decisiones
que han afectado a muchos sectores, o bien, que han favorecido injustamente a
otros. Verlos como el “bueno y el malo” es reducir el problema de la política a
un argumento de pastorela.
Personalmente, me
identifico mucho más con las tesis políticas que sostiene Andrés Manuel López
Obrador y admiro profundamente a la mayoría de quienes ha propuesto para integrar
su gabinete. Pero eso no implica que descalifique a Enrique Peña Nieto o al PRI
in toto. No sólo porque forman parte
de una geometría política cuya condición democrática radica en la pluralidad y
la tolerancia, sino porque hay argumentos y propuestas de administración
pública que no me parecen descabelladas y que resultan bastante realistas y
convincentes.
Tal vez López
Obrador responda más a la tipología del Político por Vocación (aquel que vive
para la política) y Peña Nieto responda más a la tipología del Político de
Profesión (aquel que vive de la política) que propuso Weber. Aun así, me
preocupa el clima de histeria irreflexiva que se está gestando en este último
tramo del proceso electoral y me preocupa aun más que la movilización
estudiantil contribuya a ello.
III
No podemos pasar por alto que en una democracia, como la que
tímidamente se está tratando de construir en el país, el Ejecutivo es
sólo uno de los componentes del Poder. Hay que pensar que la configuración del
Legislativo resulta tan o más importante y que el Judicial ha jugado ya un
papel axial para acotar los actos de autoridad tanto del Presidente como del
Congreso. El caso de la Ley Televisa demuestra, por partida doble, cómo desde
la racionalidad institucional se puede echar abajo la extralimitación de los
poderes Ejecutivo y Legislativo, así como las pretensiones meta-constitucionales
del monopolio mediático en tanto que poder fáctico.
El movimiento
estudiantil que surgió en mayo de 2012 comenzó como la respuesta de
un sector de la sociedad civil, organizado desde y a través de las redes
digitales, al intento mediático de construir la ficción de un resultado
inevitable, como si a suerte ya estuviera echada y Enrique Peña Nieto estuviera
predestinado a llegar a la presidencia de la República. Pero mucho me temo que
lejos de promover una agenda orientada hacia la racionalidad argumentativa, a
la imparcialidad en el manejo de la información y hacia una mayor pluralidad de
la esfera pública, una parte importante del estudiantado ha caído en un inercia
irracional y descalifican—frecuentemente sin argumentos y sin
conocimiento de la historia política de México—al que han querido construir
como el Golem postmoderno.
Me preocupa por
que en este ánimo de erradicar y nulificar al contrario, estamos dejando pasar
la oportunidad de construir una plataforma discursiva verdaderamente plural y
crítica. Gane quien gane la presidencia de la república, tendrá necesariamente
que gobernar a partir de una agenda consensada con los otros partidos y fuerzas
políticas del país. Eso es, precisamente, lo que distingue a los regímenes
democráticos: el derecho a la palabra de todos y el que nadie—salvo la Ley—tenga
la última palabra. Pero ¿cómo construir consensos cuando de entrada se
descalifica totalmente al contrario? ¿Cómo apelar a la reconciliación política
cuando se niega al otro el derecho al discurso?
martes, 12 de junio de 2012
¿Hay diferencia en declararse Contra o Anti?
Hace poco, el 2 de junio, un compañero alumno de la FCPyS me preguntó:
"Profesor, tengo una duda respecto a la diferencia entre dos posicionamientos de los cuales ya abordamos uno en clase, pero se me ocurrió otro que no estoy seguro que necesariamente sea no democrático. Uno es el de ser "anti" y ese creo que me queda claro; del que tengo duda es respecto al de estar "en contra de", y lo planteo con una analogía pambolera para ser claro respecto a mi duda: El partido de mañana de la selección mexicana, lo jugará "en contra de" la de Brasil, sin embargo, me parece que no sería lo mismo si la selección mexicana jugara "anti-Brasil". Saludos, y de antemano gracias por la aclaración."
Esta fue la respuesta:
Es muy interesante tu punto, pero creo que se refiere a un tecnicismo semántico.
Jugar en contra de se refiere aquí a <encuentro> o estar <frente a>. Algunos comentaristas dicen que tal selección enfrentará a su similar de...o bien, México ...frente a Holanda.
No se trata de una preferencia en el sentido de tener el público una participación activa en el resultado del <encuentro> o <cotejo>.
No es lo mismo en un proceso electoral, donde el resultado sí depende no sólo de los participantes directos (candidatos) sino sobre todo de los electores (que por ese sólo hecho dejan de ser espectadores y pasan a ser participantes).
La pregunta es, entronces, ¿tú votas EN CONTRA de alguien? Puede ser. Se llama voto de castigo. Pero, por regla general, se vota en favor de....Aun si tu intención no es tanto apoyar aquel por el que votaste sino fregar a sus contrincantes.
En el caso del movimiento estudiantil, éste puede estar en contra de....(la manipulación, la simulación, la concentración mediática, la imposición), pero eso es distinto a declarse Anti, porque parecería que su objetivo no es por una reforma o cambio amplio, sino simplemente que se asumen a partir de una lógica ad hominem (como los nazis anti judíos; los judíos anti palestinos; los españoles anti árabes o ciertos gringos que se declaran anti mexicanos). Sí hay diferencia.....Y si se está en contra de algo (o alguien), entonces también hay que explicitar a favor de qué o de quién se está....¿no?
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